RN 15.0602026. En el siguiente artículo, José Luis Aguirre Alvis, docente e investigador de la Universidad Católica Boliviana “San Pablo”, reflexiona sobre el diálogo como una de las expresiones más profundas de la condición humana y un pilar fundamental para la convivencia democrática. Desde una perspectiva comunicacional y humanista, el autor analiza cómo el verdadero diálogo trasciende el simple intercambio de palabras para convertirse en un proceso de reconocimiento mutuo, escucha activa, construcción de sentido compartido y transformación social, especialmente necesario en contextos marcados por la polarización y la dificultad de encuentro entre las personas.

 EL DIÁLOGO COMO CONCEPTO Y COMO PRÁCTICA

El concepto o noción del diálogo puede identificarse como el núcleo o base histórica de la construcción social y de la convivencia humana. El término diálogo como tal tiene recurrente presencia nominal o se lo invoca en espacios de crisis, disolución, antagonismo o inviabilidad de entendimiento tanto entre colectivos sociales, como también en las relaciones interpersonales.

Comúnmente se asume este concepto, el del diálogo, a partir de una percepción generalizada que se sintetiza hasta gráficamente en un esquema en el que dos sujetos alternan roles de ida y vuelta tanto para hablar como para escuchar. Esta imagen que se aproxima borrosamente a la experiencia esencial de la interrelación humana, sin embargo, en la realidad es mucho más compleja, así resulta conveniente comprender la naturaleza, dimensiones y alcances del diálogo para que este alcance justamente su meta: el entendimiento, la mutua comprensión y el ejercicio del criterio y de la crítica desde la propia óptica de los sujetos que intervienen.

El abordaje teórico del término diálogo remite a otro concepto, el de monólogo. En éste se asume que quien toma la palabra, ejercita la expresión de sus ideas y sentimientos es solo una persona, la que se pone en una actitud de dominio unilateral de los contenidos y del control de la misma dinámica del contacto. En cambio, el término diálogo supone la presencia inmodificable de dos o más actores quienes entran en el proceso del intercambio y construcción de sentidos sobre los textos que comparten gracias a la misma dinámica en la que operan en condiciones de igualdad de expresión y escucha entre los interactuantes.

Podemos asumir por principio que el diálogo es una cualidad humana esencial o característica de la especie. Pero para el alcance de esta práctica operan múltiples factores que pueden predisponer a su alcance o a su vez obstaculizarlo. Uno de ellos tiene que ver con las condiciones de una necesaria pre-alimentación dialógica, la que implica el reconocimiento de la presencia y la identidad de los que esperan intervenir en este tipo de contacto. Nadie se acerca y se expone a dialogar desde un vacío, cada uno trae y aporta información y experiencias previas que hacen a su contexto, cualidades propias, hasta sus limitaciones y prejuicios. Estos elementos tendrán que ser tomados en cuenta antes de asumir que todos tienen la misma experiencia y percepción de las cosas, o que parten de una base homogénea o universal. Y aquí toma lugar el axioma o principio que señala que se dialoga y cobra sentido el diálogo porque es una experiencia de contacto desde la diversidad. Pues si todos tuvieran la misma lectura del mundo y de la realidad el mismo diálogo sería un sinsentido o algo innecesario, pues todos seríamos autómatas.

Por otro lado, para experimentar el diálogo se deben crear las condiciones o el ambiente previo para el encuentro. Estas tienen que ver, por un lado, con elementos subjetivos y actitudinales de los sujetos. La libre voluntad de las partes, su actitud de apertura para recibir el discurso del otro,

la predisposición del encuentro de espacios comunes desarmando posturas unilaterales o de imposición de lecturas o narrativas, además el evitar posicionamientos o cargas de entrada antagónicos podrán favorecer a la construcción de lo común.

La experiencia dialógica es el sentido, esencia y naturaleza, de la comunicación humana, la que dista de la persuasión o propaganda manipuladora para más bien colocar la voluntad de buscar y hacer común las cosas. De ahí, el origen etimológico de la palabra comunicación, del latín hacer común o de compartir, o del griego, hacer común para construir comunidad.

Otros factores viabilizadores del diálogo, está vez ya en camino de su ejercicio, tienen que ver con la necesidad del contacto, o sea no se dialoga en o desde la distancia, se debe buscar la presencia física de los interactuantes, pues la comunicación se alimenta de la presencialidad, el calor físico, y hasta de claves de cercanía como las dar darse la mano, abrazarse o ya en la dinámica del intercambio el contacto cara a cara, y hasta visual entre ellos. Por tanto, no se dialoga solo a partir de la palabra oral, sino se dialoga desde el todo, y especialmente desde el mismo ser de los que se acercan. Esto, por tanto, tiene que ver tanto con reconocer la presencia de formas de comunicación no verbal que se operen en el contacto como con el mismo ambiente predispuesto para el intercambio. Pues se dice ya algo desde el mismo cuerpo, que se percibe como silencioso del otro, como también desde el manejo del espacio de la misma reunión dispuesta para el encuentro ya que se incorporan otros lenguajes y signos que también suman y deben ser tomados muy en cuenta. Esto tiene que ver, por ejemplo, con el estar cerca o lejos, o lo que media entre los sujetos y que crea distancias o proximidades para la misma escucha.

Ahora, una vez abierto el intercambio el cultivar el alcance del diálogo supone autenticidad, o sea alejar la apariencia del diálogo, para dar lugar al hablar y al escuchar. Al recibir el regalo del texto del otro uno se expone a recoger lo más valioso que este puede ofrecernos. Así, la escucha paciente e interesada serán la médula de la posibilidad de todo entendimiento. La práctica de la escucha activa, con todos los sentidos y la recepción de la expresión del otro resultan ser las vías para un efectivo encuentro. Teóricamente se ha querido asemejar el alcance del espacio de lo común con el término de la retroalimentación o feedback, sin embargo, este debe escalar niveles de la simple relación mecánica para ingresar al espacio de una empatía integral. Esto de modo claro quiere decir, por ejemplo, no coartar el texto del otro, o reducirlo a simples monosílabos, sino dejar argumentar, exponer y dejar fluir y desde las dimensiones culturales propias. También, un falso diálogo, tiene que ver con el no impostar la cercanía con el otro sino más bien hacer efectivo el calor real de la presencia del otro, quien, así como nosotros, actúa desde elementos de la experiencia cultural y socio histórica propios. Nadie se lanza al diálogo, por ejemplo, cuando su historia está marcada por un silenciamiento estructural e históricamente impuesto.

El diálogo capaz de traer el beneficio de la potencialidad transformadora en los sujetos, y a partir de ellos sobre las mismas realidades del mundo para hacerlo más justo, supera diametralmente el esquema clásico del experimentar su dialéctica –hablar, escuchar y viceversa–, para más bien transformar, ese es el sentido y capacidad del por qué intercambiar y tejer desde la palabra y texto con el otro.

Una advertencia final, todo lo señalado podrá ser una imagen utópica y hasta ideal de lo que es el encuentro como experiencia humana. Pero, habrá que advertir que no se dialoga para un entendimiento ni una comprensión absoluta, definitiva o eterna. Más bien la dinámica de la

comunicación humana, y así del diálogo, sabiendo que el entendimiento es fugaz, es buscar y tener nuevos pretextos para encontrarnos. Todo diálogo real deja otros espacios no resueltos, y hasta se desplaza hacia condiciones imprevistas, pero asumiendo que la vocación de encuentro es muestra de un real aprecio y responsabilidad por los otros el diálogo cobra y renueva permanentemente su necesidad y sentido.

Finalmente, si vivimos en comunidad será porque el diálogo es y siempre será posible, y este siendo por esencia una experiencia democrática y democratizadora tendrá la capacidad de ahuyentar la usual práctica del monólogo o de la no escucha. Porque en todo momento los discursos de ensimismamiento, de autorreferencialidad o de negación del otro son una negación del carácter social y asociativo esenciales para de cada uno de nosotros.

La Paz, 12 de junio de 2026

Por José Luis Aguirre Alvis
Comunicador, investigador y docente de comunicación social
aguirrealvisjl@gmail.com

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